Un estudio de la Universidad China de Hong Kong con datos de más de 900 bebés encuentra una relación entre los cambios epigenéticos presentes al nacer, la evolución del microbioma intestinal durante el primer año de vida y los signos de TEA y TDAH observados a los 3 años.
El microbioma intestinal y la epigenética están interrelacionados y contribuyen al neurodesarrollo, según un estudio de la Universidad China de Hong Kong publicado en la revista Cell Press Blue.
Los investigadores han observado que los cambios epigenéticos presentes al nacer pueden influir en el desarrollo del microbioma intestinal durante el primer año de vida. Asimismo, identificaron cambios epigenéticos y microbios intestinales específicos asociados con signos de trastorno del espectro autista (TEA) y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) a los 3 años.
“Ciertas bacterias parecen ofrecer protección, lo cual es prometedor porque sugiere que podría haber formas de apoyar el desarrollo de un niño a través de la dieta o los probióticos en el futuro”, señala el autor principal y gastroenterólogo Francis Ka Leung Chan, de la Universidad China de Hong Kong.
Los primeros años de vida son importantes para el desarrollo cerebral y la maduración del sistema inmunitario. Aunque estudios anteriores han mostrado que tanto los cambios epigenéticos tempranos como el desarrollo de la microbiota intestinal pueden influir en la salud posterior, se sabe menos sobre cómo interactúan ambos sistemas durante la primera infancia.
“Queríamos observar cómo interactúan el epigenoma y el microbioma en la primera infancia y si esta interacción podría influir o no en el riesgo de que un niño desarrolle trastornos del neurodesarrollo como el TEA y el TDAH”, explica Hein Min Tun, coautor principal e investigador de salud pública de la Universidad China de Hong Kong.
Los investigadores caracterizaron los patrones de metilación del ADN, un tipo de cambio epigenético, a partir de muestras de sangre del cordón umbilical de 571 bebés. Estos datos se combinaron con información sobre el microbioma intestinal de 969 bebés, recopilada a los 2, 6 y 12 meses de edad, así como con muestras de sus padres durante el tercer trimestre del embarazo.
Cuando los niños alcanzaron los 36 meses, los investigadores utilizaron un cuestionario de comportamiento para evaluar su neurodesarrollo y analizar las posibles conexiones entre el microbioma, el epigenoma y los primeros signos de TEA y TDAH.
El análisis mostró que el epigenoma de los bebés al nacer estaba asociado con factores como el tipo de parto, la duración de la gestación, tener hermanos mayores y las alergias maternas. En cambio, no se observó una asociación con el microbioma intestinal de los padres.
El desarrollo del microbioma intestinal durante el primer año de vida se relacionó con el tipo de parto, el uso de antibióticos, tener hermanos mayores y la lactancia materna. Además, los bebés nacidos por cesárea presentaron diferentes patrones de metilación del ADN en varios genes relacionados con las respuestas inmunitarias y el desarrollo cerebral.
Los investigadores también observaron que el epigenoma presente al nacer estaba relacionado con la evolución del microbioma intestinal durante el primer año de vida. En concreto, a los 12 meses los bebés presentaban una menor diversidad del microbioma cuando tenían mayores tasas de metilación del ADN en genes inmunitarios implicados en el reconocimiento de patógenos.
A los 3 años, determinados signos de TEA y TDAH se asociaron con patrones epigenéticos específicos y con la presencia de determinados microorganismos intestinales.
El estudio encontró además que algunas especies bacterianas parecían estar relacionadas con una menor presencia de estos signos. Los bebés con patrones epigenéticos asociados con TEA tenían menos probabilidades de mostrar signos del trastorno si habían adquirido Lachnospira pectinoschiza durante su primer año de vida. En el caso del TDAH, se observó una relación similar con la presencia de Parabacteroides distasonis.
Los investigadores subrayan que estos resultados no significan que el desarrollo de un niño esté determinado al nacer.
“Las bases para la salud cerebral se establecen muy pronto, incluso antes del nacimiento. Sin embargo, no queremos que la gente piense que esto significa que el desarrollo de un niño está predeterminado al nacer. Se trata de afecciones complejas con muchas causas, y solo hemos descubierto una pequeña pieza de un rompecabezas mucho mayor”, señala Tun.
El equipo continúa realizando un seguimiento de los niños participantes para estudiar cómo estos factores de la primera infancia pueden relacionarse con su salud a medida que crecen. Los investigadores señalan además que serán necesarios experimentos de laboratorio para confirmar la relación entre la microbiota intestinal y el neurodesarrollo.
El objetivo a largo plazo es estudiar el posible desarrollo de intervenciones tempranas, como probióticos específicos o bioterapéuticos vivos, que puedan favorecer un microbioma intestinal saludable y potencialmente reducir el riesgo de problemas del neurodesarrollo.
“El objetivo final es desarrollar intervenciones tempranas seguras y no invasivas, como probióticos específicos o bioterapéuticos vivos, que puedan ayudar a fomentar un microbioma intestinal saludable y potencialmente reducir el riesgo de problemas del neurodesarrollo”, concluye Siew Chien Ng, primer autor y gastroenterólogo de la Universidad China de Hong Kong.
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